Por Margarita Cervio
Hola!!
El jueves, a las tres de la tarde, salía de trabajar de la Reserva Delfín Pérez.
Un horario cualquiera. Un camino que conozco de memoria. La calle 201 y la cabeza seguramente puesta en todo lo que quedaba por hacer después de salir del trabajo.
Hasta que algo me hizo mirar.
Ahí estaba, entre las nubes grises de un día raro… Una monjita coronada.

Como verán no me da vergüenza compartirle una foto mala, algunos buscan buenas fotos y otros buscamos registros, documentar que esa ave estaba ahí, ese día en ese lugar y hasta las malas fotos sirven. Juanjo puede pasar todo un viaje sin sacar una foto por la luz, la distancia, el lugar donde esta posada que no le gusta o el fondo que tendrá la foto, mientras yo saco miles. Ahí está la diferencia en la calidad de la foto y en la cantidad de registros entre uno y otro. Además, el JAMAS mostraría una fotos como las que a mi me dan tanto orgullo.
Pero volvamos a la monjita… no saben la alegría que me dio verla porque hay aves que esperamos encontrar. Sabemos dónde buscarlas, conocemos sus horarios, sus ambientes, sus costumbres y hay otras que simplemente nos sorprenden.
En General Pico tengo apenas unos pocos registros de monjita coronada. Estoy mucho más acostumbrada a encontrarla cuando recorro otras zonas de La Pampa, especialmente ambientes de bosque abierto y arbustal.
Por eso verla ahí, tan cerca de la Reserva, convirtió un regreso cualquiera a casa en un pequeño acontecimiento.
Y también me dejó pensando.
¿Qué hace que un ave aparezca donde no solemos verla?
Quizás esa sea una de las preguntas más lindas que nos regalan las aves.
Porque nosotros dibujamos mapas, decimos bosque, pastizal, monte, ciudad, reserva, camino.
Ponemos límites, ellas no los ven, ven alimento, refugio o un arbusto donde posarse, un lugar donde reproducirse, un espacio que, por alguna razón que quizás nosotros todavía no comprendemos, ese día les resulta adecuado.
La monjita coronada es una especie autóctona que se reproduce en nuestro país y La Pampa forma parte de su área de cría. Habita ambientes abiertos y semiabiertos, estepas arbustivas, isletas de monte y bosques abiertos.
Y cuando llega el invierno ocurre algo todavía más extraordinario: muchas emprenden viaje hacia el norte, una pequeña ave que podemos encontrar en La Pampa termina recorriendo cientos de kilómetros y llegando incluso a Paraguay, Bolivia, Uruguay y el sur de Brasil.
Entonces pensé:
¿La que encontré en la calle 201 estaba llegando, estaba de paso o había elegido quedarse?
No lo sé.
Y me gusta no saberlo, yo la ví Enel año 2016 y ahora en 2026 mis compañeros avistadores la han visto por estas zonas desde 2021 a la actualidad con pocos registros, pero un encuentro por año seguro, lo que nos da la esperanza de salir y encontrarla.
Porque observar aves no consiste solamente en aprender sus nombres, también es aprender a buscarlas y hacernos preguntas.
¿Cómo reconocerla?
La monjita coronada tiene una elegancia particular.
Mide alrededor de 20 centímetros y, cuando está posada, tiene esa postura bastante erguida que caracteriza a muchas de nuestras monjitas. Su cuerpo combina grises, blancos y negros: el dorso es gris, las alas oscuras muestran sectores blancos muy visibles y la cola también juega con ese contraste entre negro y las puntas blancas

Pero si hay algo que nos ayuda a reconocerla es la cabeza. Tiene una corona negra muy marcada, enmarcada por una franja blanca que parece dibujarle una vincha. Es justamente ese dibujo el que le da una expresión inconfundible y explica su nombre “Coronada”

¿Coronada o blanca?
Acá podemos confundirnos, porque en La Pampa también tenemos a nuestra conocida monjita blanca (Xolmis irupero). Las dos pertenecen a la familia de los tiránidos, tienen una postura erguida y suelen elegir postes, ramas y alambrados para observar el ambiente.
Pero hay una clave muy sencilla: mírenles la cabeza.
La monjita blanca es un poco más pequeña, de unos 17 a 18 centímetros, y a primera vista parece casi enteramente blanca. El negro aparece principalmente en las plumas de vuelo de las alas y en la punta de la cola.
La coronada, en cambio, ronda los 20 centímetros y tiene mucho más contraste: dorso gris parduzco, alas y cola negras y, sobre todo, esa inconfundible corona negra acompañada por una notable ceja o vincha blanca.
Así que no intenten recordar todos los colores. Si una monjita les genera dudas, empiecen por arriba: si parece vestida de blanco, piensen en la blanca; si lleva una pequeña corona negra y una vincha blanca, busquen a la coronada.
Y hay otra pista que para mí vale tanto como los colores: miren dónde está posada y cómo mira. Suele elegir puntos visibles —la parte alta de un arbusto, un poste o un alambrado— desde donde puede dominar el espacio abierto. No hace falta saber de aves para empezar a buscarla: primero busquen esa pequeña silueta erguida recortada contra el paisaje y después fíjense en la cabeza.
Como muchas integrantes de la familia de los tiránidos, es principalmente insectívora. Le gustan los lugares desde donde pueda observar: un arbusto, una rama, un poste o un alambrado pueden convertirse en su puesto de vigilancia y cuando detecta una presa, sale a buscarla.
Quizás por eso los caminos rurales sean también buenos lugares para aprender a observar.
Un alambrado que para nosotros solamente divide dos campos, para un ave puede ser un mirador, el mismo paisaje cambia completamente dependiendo de quién lo mire.

Y entonces…
Seguí camino.
Pero ya no era exactamente el mismo camino por el que había salido unos minutos antes, la calle 201 seguía ahí, la Reserva seguía detrás y eran las mismas tres de la tarde.
La que había cambiado era yo, porque ahora sabía que en algún lugar de ese paisaje había una monjita coronada.
Y quizás eso explique por qué todavía me emociona encontrar un ave después de tantos años de observarlas.
Porque nunca terminamos de conocer un lugar.
Cuando creemos que ya sabemos quiénes viven allí, aparece alguien inesperado y nos recuerda que la naturaleza no es una fotografía: está en movimiento todo el tiempo.
Por eso este registro no quiero guardarlo solamente como una especie más en una lista, quiero convertirlo en una invitación. La próxima vez que recorran un camino conocido, miren otra vez aunque hayan pasado cien veces, aunque crean que ya saben lo que hay porque puede que nada haya cambiado o puede que, arriba de un alambrado, una pequeña corona negra esté esperando para demostrarles lo contrario.
Nos vemos el próximo sábado, con menos jaulas y más aves por compartir.
¡Nos leemos! Avisen si la ven.
