Por Margarita Cervio.
En el marco del Día Nacional del Ave y la expectativa por el “Gran Día Mundial de Observación”, inauguramos una columna para explorar la fascinante fauna que nos rodea en General Pico y La Pampa. En esta primera entrega, nos adentramos en el origen de sus nombres.
Octubre es un mes de celebración para los amantes de la naturaleza, ya que se conmemora el Día Nacional del Ave y se aguarda con entusiasmo el “Big Day”, el gran día mundial de observación de aves. En este evento, avistadores de todo el planeta se unen para registrar, fotografiar y admirar a estos seres alados. La Pampa no es la excepción, con salidas organizadas en General Pico, Chacharramendi, el Parque Luro, General Acha y Pichi Mahuida, demostrando el creciente interés local por la ornitología.
Argentina cuenta con una biodiversidad aviar excepcional, superando las 1.000 especies. Nuestra provincia, La Pampa, alberga más de 350 especies reconocidas oficialmente, aunque los especialistas sugieren que muchas más aguardan ser descubiertas. En el entorno de General Pico, es posible encontrar más de 200 de ellas, un patrimonio natural que esta columna se propone dar a conocer.

La fascinación del ser humano por las aves es ancestral. Su presencia está documentada en pinturas rupestres de más de 17.000 años de antigüedad, como las de Lascaux en Francia. Las vemos representadas en escudos, banderas y como motivo recurrente en el arte y la literatura. En nuestra tierra, forman parte ineludible del cancionero pampeano, donde las guitarras a menudo imitan sus cantos.
Sin embargo, esta relación no siempre ha sido positiva. Mitos y leyendas infundadas han llevado a la disminución y casi extinción de algunas especies, al ser consideradas erróneamente perjudiciales para la economía, de “mal agüero” o asociadas a la brujería, como es el caso de las lechuzas.
¿De dónde vienen sus nombres?
Una de las puertas de entrada más interesantes al mundo de las aves es comprender el origen de sus nombres comunes. Lejos de ser arbitrarios, estos nombres suelen nacer de la aguda observación humana y la necesidad de comunicar lo visto o escuchado.
Para simplificar su comprensión, podemos agrupar los nombres de las aves en tres grandes categorías:
- Por su canto (Onomatopeya): Es el caso más intuitivo. Cuando un ave repite incesantemente un sonido, como el “tero-tero” del tero, el nombre surge de forma natural para que quien escucha pueda asociar la imagen con el canto característico.
- Por una característica física distintiva: Cuando el canto no es tan representativo como su apariencia, el nombre se centra en un rasgo visual. El “pecho colorado”, por ejemplo, debe su nombre al intenso color rojo de su plumaje sobre un cuerpo oscuro, una característica inconfundible.
- Por su comportamiento o costumbres: A veces, ni el canto ni el color son tan significativos como sus acciones. El “picaflor” es un claro ejemplo, nombrado por su comportamiento de visitar innumerables flores en un minuto con un aleteo veloz y un pico largo. Del mismo modo, el “hornero”, ave nacional, recibe su nombre por la costumbre de construir su nido de barro con una forma que recuerda a un horno tradicional.
Es importante señalar que estos son los nombres comunes, que pueden variar según la localidad o provincia. Existe también el nombre científico, una clasificación universal que no cambia y que merece una columna aparte.
En nuestro próximo encuentro, conoceremos en detalle al churrinche.



