Ayer, mientras intentaba concentrarme en una tarea importante, noté que, casi sin pensarlo, desbloqueaba el celular y deslizaba el dedo por la pantalla buscando algo que ver, leer o simplemente “scrollear”. Un momento después, me descubrí mirando videos de un minuto tras otro, sin prestar verdadera atención a ninguno, pero tampoco siendo capaz de detenerme. Esa sensación de “no puedo parar” terminó por inquietarme más de la cuenta, así que tomé una decisión quizá drástica: borré todas las aplicaciones de redes sociales de mi teléfono.
La escena quizá te resulte familiar: te sentás a estudiar, necesitás terminar un informe para el trabajo o simplemente querés prepararte un té y relajarte un rato. Sin darte cuenta, ya estás consumiendo contenidos efímeros de quienes se han vuelto casi “compañeros virtuales” de tu día a día. De pronto, levantás la vista y notás que pasaron diez, quince, veinte minutos… sin que pudieras soltar el teléfono. ¿Por qué? Probablemente porque las redes sociales y sus algoritmos están diseñados para mantenernos enganchados.
El problema no es solamente ese deseo irrefrenable de mirar constantemente la pantalla. También está el fantasma de no saber “hacer nada” por un instante. Reproducir un video, deslizar una foto, mandar un mensaje trivial… Son distracciones que evitan que enfrentemos el silencio, la reflexión y, en última instancia, nuestra propia vida interior. Pareciera que ya no toleramos el vacío, el aburrimiento o el quedarse quietos sin estímulos constantes.
Por supuesto, en ese equilibrio delicado, surgen las dudas. ¿Perderé contacto con mis amigos y familiares que solo se comunican por redes? ¿Me aislaré de los sucesos importantes que ocurran en el mundo? ¿Quedaré fuera de la sociedad digital, que se mantiene en línea las 24 horas? Mi conclusión es que no. Al menos, no de la forma radical en que a veces nos lo planteamos. Existen vías de comunicación alternativas: el teléfono, los mensajes de texto, el correo electrónico, las reuniones presenciales. Y, por fortuna, los medios de información tradicionales (radio, diarios digitales, televisión) siguen ahí para mantenernos al tanto de la actualidad.
Pero, sobre todo, lo esencial es cómo queremos relacionarnos con nosotros mismos. En mi caso, después de darme cuenta de lo mucho que necesitaba esos pequeños descansos mentales sin pantallas, me planteé el desafío de enfrentar mi propio aburrimiento y de cultivar la capacidad de introspección.
Borrar las aplicaciones no significa dejar de usar redes sociales para siempre: es un ejercicio de reflexión sobre la dependencia que podemos llegar a tener, una forma de dar un paso atrás para observar con mayor claridad. Todos somos libres de volver a instalarlas o de utilizarlas con moderación. Pero, por ahora, mi experiencia me indica que me viene bien desconectarme. Y ya veremos si, a partir de esta decisión, se generan cambios positivos en mi concentración, en mi estado de ánimo y en mis relaciones personales.
Las consecuencias de renunciar a ciertas comodidades digitales pueden asustar, pero al mismo tiempo ofrecen la posibilidad de recuperar algo esencial: nuestro tiempo y nuestra atención. Después de todo, ya es hora de ver si, al dedicarme a “no hacer nada” de vez en cuando, puedo reconectarme con un placer que teníamos antaño: el placer de existír sin prisas, sin presiones virtuales, mirando el mundo real que nos rodea. Sinceramente, creo que vale la pena intentarlo.
Por Matías Oporto



