En el marco del inicio de la segunda temporada del ciclo de entrevistas “Ya no hay acá”, Roberto Nicolás, fundador de Aisplac, compartió su lado más íntimo y personal. Más allá del reconocimiento industrial que ostenta en la actualidad, su relato es el de un niño que debió madurar de golpe tras una tragedia, que fue sostenido por el amor incondicional de su madre y que construyó su camino trabajando desde muy chico en las calles de General Pico.
La pérdida temprana y el despertar laboral
Cuando Roberto tenía apenas ocho años, su padre —propietario de una cochería local— falleció luego de no lograr reponerse de un accidente de tránsito en el que ambos viajaban. Esa pérdida marcó a fuego la dinámica familiar. Criado por su madre, René, a quien le agradece haber cumplido el doble rol de madre y padre, Roberto asumió tempranamente la responsabilidad de ser el protector de sus tres hermanos menores.
Su vocación por el trabajo surgió casi como un refugio. A los siete años ya armaba paquetes de galletitas por kilo en las clásicas latas cuadradas del histórico supermercado Guarido, ubicado a metros de su casa. Hacía labores menores no por obligación, sino por el simple gusto de estar en movimiento y generar sus propios recursos.
La adolescencia entre trenes y espíritu comerciante
Durante su paso por la Escuela Industrial, su ingenio no se detuvo. Mientras soñaba con diseñar automóviles en Italia —un anhelo inalcanzable para su contexto en aquel momento—, se las ingeniaba para generar ingresos. Viajaba en los camiones que repartían diarios por la región o se subía a escondidas en los trenes hacia Buenos Aires para comprar ropa y venderla en la ciudad. En ocasiones, compraba pantalones de marcas reconocidas a menor precio porque les faltaba el botón; llegaba a su casa, los arreglaba a martillazos y salía a comercializarlos.
A los 17 años, luego de aprender a realizar instalaciones con un profesor del colegio secundario, decidió apostar por la colocación de cielorrasos. El capital inicial fue pura confianza: su madre le entregó cheques en blanco para que pudiera viajar a Buenos Aires y comprar los primeros materiales, demostrando una fe inquebrantable en el empuje de su hijo.
El colectivo 1114 y el sacrificio en la ruta
Trabajando codo a codo con sus hermanos mellizos, las primeras épocas estuvieron marcadas por un enorme esfuerzo físico. Ante la necesidad de abaratar costos en los viajes a otras localidades de La Pampa y provincias vecinas, compraron un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114. Le abrieron el portón trasero para cargar la mercadería y lo convirtieron en su hogar rodante: allí dormían a la vera de las obras, comían de los tuppers que les preparaba su madre y lo utilizaban como medio de transporte continuo.
El crecimiento sostenido demandó sacrificios inmensos, principalmente el tiempo lejos de casa. En un momento de profunda reflexión durante la entrevista, Roberto reconoció que su mayor cuenta pendiente fue la ausencia en instancias clave del crecimiento de sus hijos por estar atendiendo urgencias laborales o llamados de clientes en medio de cumpleaños familiares. “Le debo pedir perdón a mis hijos por no haberles dedicado el tiempo que se merecían”, confesó con emoción. En ese arduo camino, destacó el rol fundamental de Evangelina, su esposa desde hace más de 35 años, quien sostuvo la estructura familiar mientras él pasaba sus días en la ruta.
El verdadero éxito: no perder los orígenes
A pesar de haber recorrido el mundo entero, desde continuos viajes a China para formarse industrialmente hasta exóticas travesías haciendo dedo por el Amazonas o el continente africano, Roberto mantiene intactas sus raíces. Para él, el éxito no pasa por las dimensiones de los galpones de su fábrica ni por la maquinaria importada, sino por seguir compartiendo la infaltable cena de los viernes con sus amigos del colegio secundario y de la primaria.
“El éxito es seguir siendo el mismo, que me veas con la camisa rota cargando un camión o agarrando una pala”, reflexionó en el cierre de la charla. Su testimonio demuestra que, con responsabilidad, empeño y sin olvidar de dónde se viene, siempre es posible salir adelante desde nuestra propia tierra.
