Por Margarita Cervio
Julio llegó a La Pampa dejando paisajes dignos de una postal, y General Pico no fue la excepción. La Reserva Natural Delfín Pérez fue escenario de una de las mañanas más lindas que he visto en años.
Todo amaneció blanco. Una intensa helada hizo que el termómetro marcara -5 °C. Se congeló el agua, el pasto y hasta las telas de araña. Sin embargo, nuestras amigas, las aves, seguían allí: firmes, activas… pero no heladas.



Y uno no puede evitar preguntarse: ¿cómo hacen para atravesar el invierno con el mismo abrigo durante toda la vida?
La respuesta no es casualidad. Son millones de años de evolución.
Seguramente alguna vez también te preguntaste:
¿Cómo hacen las aves para soportar temperaturas bajo cero si llevan el cuerpo cubierto apenas por plumas?
Durante millones de años, las aves fueron perfeccionando uno de los sistemas de aislamiento más eficientes del reino animal.
Las plumas no sirven solamente para volar. Debajo del plumaje visible existe una capa de plumón que retiene aire alrededor del cuerpo. Ese aire funciona exactamente igual que el relleno de una campera de plumas: cuanto más aire inmóvil queda atrapado, menor es la pérdida de calor.
El ornitólogo Roberto Ares, en su libro Aves. Vida y conducta, explica que las aves poseen una piel delgada y flexible y que pequeños músculos ubicados debajo de ella permiten mover las plumas. Gracias a ese mecanismo pueden erizar el plumaje durante una pelea, favorecer la circulación del aire cuando hace mucho calor o permitir que los rayos del sol lleguen hasta la piel en los días más fríos.
En esta época del año es común ver gorriones, cortarramas y muchos más que parecen pequeñas pelotas de plumas o pirinchos quietos, mostrando la piel de cola al sol.


Son imágenes que enternecen y que nos hacen pensar: ¿qué habrán comido anoche para estar tan gorditos?
Pero no… no es alimento.
Lo que vemos es una de las estrategias más eficientes que desarrolló la naturaleza para conservar el calor.
El cuerpo de las aves trabaja sin descanso. Su metabolismo es uno de los más altos del reino animal. Producen mucho calor, pero también lo pierden rápidamente debido a su pequeño tamaño. Por eso cada pluma cuenta.
La temperatura corporal de un ave, según la especie, ronda entre los 38 y más de 40 °C, lo que hace necesario desarrollar distintas adaptaciones para mantener ese delicado equilibrio térmico.
Las patas: un verdadero milagro de la evolución
Si hay algo que siempre me sorprende son sus patas.
Las aves no tienen plumas en toda la superficie del cuerpo. Sus patas, casi siempre desnudas, están cubiertas por escamas. Sin embargo, las vemos caminar sobre el hielo, permanecer horas dentro del agua o descansar sobre ramas heladas sin que parezcan sentir el frío.
¿Cómo lo logran?
La respuesta merece una columna completa, pero podemos adelantar algunas de sus estrategias:
- Escamas aislantes: disminuyen la pérdida de calor.
- Equilibrio alterno: descansan sobre una sola pata mientras esconden la otra entre las plumas, alternándolas periódicamente.
- Postura corporal: muchas especies bajan el cuerpo al posarse para cubrir las patas con el plumaje y protegerlas del frío.
Si les interesa este tema, prometo desarrollarlo en una próxima columna, porque es una de las adaptaciones más extraordinarias de las aves.

A partir de ahora… observemos
La próxima vez que veas un gorrión convertido en una bolita de plumas, una calandria tomando sol o un benteveo parado sobre una sola pata, recordá que no están descansando simplemente.
Están administrando el calor de su cuerpo.
Y cada uno de esos pequeños gestos es el resultado de millones de años de evolución.
¿Sabías que…?
- Algunas aves aumentan la cantidad de plumón durante el invierno.
- Muchas especies buscan refugios protegidos del viento para dormir y ahorrar energía.
- Las aves acuáticas poseen un sistema de intercambio de calor en las patas que les permite permanecer sobre el agua helada sin perder demasiada temperatura.
- Un ave pequeña puede consumir durante una sola noche fría buena parte de la energía que obtuvo alimentándose durante todo el día.
Y hay otro secreto…
Quizás lo que más me maravilla es ver garzas, patos o gallaretas, macaes nadando en aguas heladas como si nada ocurriera, acicalan sus plumas, pescan, alimentan a sus crías …
Entonces aparece otra pregunta inevitable:
¿Por qué no se mojan?
Las aves poseen una única glándula en la piel: la glándula uropigial, ubicada en la base de la cola. Produce una sustancia aceitosa que las aves distribuyen cuidadosamente sobre sus plumas con ayuda del pico.
Ese aceite mantiene el plumaje impermeable y conserva su capacidad aislante.


Sin embargo, no todas las especies la tienen igualmente desarrollada. Un buen ejemplo es el biguá o pato chancho, al que muchas veces vemos posado durante largos minutos con las alas abiertas, mirando al sol o de frente al viento.
No está posando para la foto.
Está secando sus plumas.

Y esa también es otra maravillosa adaptación.
Para seguir aprendiendo
Esta semana quiero recomendar un libro que disfruto muchísimo.
Aves. Vida y conducta, de Roberto Ares.
No es una guía para ponerle nombre a las aves. Es un libro para comprender cómo viven, cómo se adaptan y por qué hacen todo aquello que observamos en el campo. Después de leerlo, cada ave tiene una historia diferente para contar.
Entonces entendimos…
Quizás el verdadero abrigo de las aves no sean solamente sus plumas. Es su extraordinaria capacidad de adaptarse. Mientras nosotros aprendimos a fabricar camperas, ellas aprendieron a fabricar soluciones. Porque la naturaleza no vence al invierno…Se adapta.
Nos leemos el próximo fin de semana, que seguro seguirá frío.

Cuanto más conocemos a las aves, menos jaulas necesita nuestra forma de mirar el mundo.


