En dos siniestros recientes, los responsables presentaban niveles de alcohol en sangre. No hubo heridos de gravedad, pero los hechos dejan una pregunta sin respuesta cómoda.
Dos accidentes. Dos conductores alcoholizados. Dos hechos que exponen con brutal claridad una conducta que la sociedad no termina de erradicar: manejar bajo los efectos del alcohol.
Los siniestros ocurrieron en distintos momentos en la ciudad de General Pico y fueron confirmados por fuentes del Comando Radioeléctrico de la Unidad Regional II. En el primero, el conductor embistió un automóvil que se encontraba correctamente estacionado. En el segundo, el responsable perdió el control del vehículo y volcó a la salida de una rotonda, en horas de la madrugada.
El test de alcoholemia, realizado por la propia policía en el lugar de cada siniestro, arrojó resultados que superan ampliamente el límite permitido por ley. El conductor del primer choque registró 1,68 gramos de alcohol por litro de sangre; el del vuelco nocturno, 1,49 gramos por litro. Ambas cifras más que triplican el máximo legal establecido en Argentina para conductores particulares, que es de 0,5 g/l.
La suerte esquivó lo peor. Ninguno de los dos siniestros derivó en víctimas fatales ni en heridos graves. Pero reducir estos hechos a ese alivio sería ignorar lo que verdaderamente revelan: la decisión consciente —o la irresponsabilidad absoluta— de ponerse al volante en un estado que convierte cualquier vehículo en un arma potencial.
“Los dos hechos marcan una total falta de responsabilidad y de respeto por la vida propia y ajena.”
En uno de los casos, el auto impactado estaba debidamente estacionado. No hubo error de quien lo dejó ahí: simplemente estaba donde debía estar. Fue el conductor alcoholizado quien no estaba donde debía, ni en condiciones de conducir.
En el otro, la madrugada y una rotonda se combinaron con el alcohol para producir un vuelco que pudo haber tenido consecuencias trágicas. Por fortuna, no las tuvo. Esta vez.
¿Qué hace falta para que el mensaje cale hondo? Las campañas de concientización existen, las leyes también, los controles se realizan. Sin embargo, los números del alcoholímetro siguen marcando cifras que no deberían verse nunca en alguien sentado detrás de un volante.
El alcohol al volante no es un accidente de tránsito: es una elección. Una elección que pone en riesgo a quien la toma, pero también —y sobre todo— a quienes no tuvieron ningún papel en esa decisión: el peatón en la vereda, el automovilista que circula correctamente, el niño en el asiento trasero del auto estacionado.
General Pico, como cualquier ciudad, merece calles donde circular no dependa de la suerte de que el conductor de enfrente haya decidido ser responsable esa noche. Eso no debería ser una apuesta. Nunca.



