La inflación continúa golpeando los bolsillos argentinos, y el costo de vida marcó un nuevo récord. En febrero, una familia tipo necesitó $1.057.923 para no ser considerada pobre, según los últimos datos oficiales del INDEC.
Por primera vez en nueve meses, la Canasta Básica Alimentaria (CBA) —que mide exclusivamente los alimentos mínimos indispensables— subió por encima de la Canasta Básica Total (CBT), reflejando un incremento mensual del 3,2%, la cifra más alta desde septiembre. Esta variación se vio impulsada, en gran medida, por el aumento en el precio de la carne, afectando con mayor crudeza a los sectores más vulnerables.
La CBT, por su parte, registró un alza del 2,3%, lo que significa que, además de los alimentos, los costos de bienes y servicios esenciales también continúan creciendo. Para no caer en la indigencia, la misma familia tipo requirió $468.108, un indicador preocupante que marca la línea mínima de subsistencia alimentaria.
Estos números son un fuerte llamado de atención, ya que confirman el creciente deterioro del poder adquisitivo. Acceder a alimentos esenciales se torna más difícil incluso para hogares con ingresos que, hasta hace poco, cubrían necesidades básicas sin mayores sobresaltos.
El INDEC determina la CBA teniendo en cuenta las necesidades calóricas mínimas de un varón adulto de entre 30 y 60 años con actividad física moderada, considerado como “adulto equivalente”. Cuando se evalúa la canasta de una familia, cada integrante se expresa como una fracción de ese adulto equivalente; por ejemplo, un niño de cinco años equivale a 0,60 adultos. Esta metodología pone de manifiesto que la lucha cotidiana se centra en cubrir lo esencial: alimentos básicos y saludables.
¿Qué implica que hoy en Argentina se necesite más de un millón de pesos mensuales para no ser pobre? No se trata de una estadística lejana, sino del escenario que enfrentan millones de familias que cada mes se debaten entre pagar servicios, adquirir alimentos y sostener la educación de sus hijos.
Cuando la Canasta Básica, que teóricamente marca la línea de la dignidad alimentaria y de vida, experimenta estas subas, las tensiones no solo se ven en los hogares más precarizados, sino también en quienes consideraban que sus ingresos eran suficientes para una vida medianamente estable.
En un país donde “comer dignamente” debería ser un derecho, cada nuevo dato estadístico nos recuerda la brecha cada vez mayor entre los ingresos de gran parte de la población y los precios de productos y servicios esenciales.
Que estos números no sean solo titulares que desaparecen en los portales de noticias, sino una alerta para repensar las prioridades y las políticas públicas necesarias. Detrás de cada índice económico hay familias con rostros e historias que luchan por cubrir lo básico, por no caer en la pobreza o en la indigencia.

