Por Jorge Rubén Zapata.

Podría haber sido mi abuela, porque también se llamaba Elisa y, cuando se fue para el silencio, yo era un chico que solo podía mirarla porque no era mi tiempo de escribirle. Tenía coincidencia con la Elisa a la que refiero, era gente de campo, de la zona de Embajador Martini, allí nació mi madre, Margarita, pero la ceniza implacable de aquellos años los “corrió” junto a mi abuelo e hijos a General Pico.
La nona Elisa, a la que me voy a referir era de apellido Capponi, formó su familia con Don Garelli, gente de campo, un tano que de solo verlo inspiraba respeto. Al mencionado hombre y a Elisa los atendí durante años, con mucho placer, en mi trabajo de cajero en el banco. Don Garelli se presentaba en ventanilla con un cheque propio y se lo pagaba sin mirar el saldo de su cuenta. ¿Se entiende lo que digo? Parece una rareza. Honestidad, dignidad y confianza.
En un momento de la vida, como siempre ocurre, doña Elisa tuvo que afrontar los trámites diarios, sin su compañero. A veces sola, o acompañada por su hija Clara. Muchas veces tuve el gusto de atenderla, sabia poco de ella, pero me sorprendía su actitud, sus ganas y le preguntaba por ella a Juan (Lozano) familiar de ella, amigo y compañero de trabajo, y el tenia para ella palabras de admiración, por la brillantez a pesar de su edad, por su predisposición. Una mente brillante, llegaba a la caja, me indicaba de memoria su documento, cobraba su jubilación, depósitos, transferencias, todo tipo de operaciones. Le miraba con atención, sus vivaces ojos claros, hundidos por el tiempo, de tanto mirar amaneceres y atardeceres en su campo del llano pampeano. Sus manos gastadas pero de piel envidiable, a pesar de los quehaceres duros de aquellos años de campesina. Seguramente con su compañero de toda la vida habrán campeado vacas y ovejas caminando por los surcos de tierra fértil, que ellos mismos laboraban.
Me sorprendió la noticia, porque a juzgar por todo lo expresado, debió haber vivido mil años, como ejemplo de vida, con su edad, plena y fuerte, porque de esos “moldes” ya casi no quedan.
Decía don Atahualpa Yupanqui, que cuando un “viejo” de más de ochenta años se iba para el silencio, hacía de cuenta que desaparecía una biblioteca.
Sus ojos claros se cerraron, sus manos se aquietaron, pero lo que sembraron perdurará por siempre. 95 fecundos años, doña Elisa.
Jorge Rubén Zapata
DNI 8.605.113


