Primero, lo obvio, que en estos temas conviene repetir: todas las personas mencionadas en esta nota son, hasta que un tribunal diga lo contrario, inocentes. Lo que sigue no es una sentencia. Es una mirada sobre lo que nos dicen los hechos que ya son públicos.
El 6 de septiembre, en la Terminal de Santa Rosa, un lutier denunció que lo golpearon policías de la Seccional Primera, y que lo siguieron agrediendo más de una hora en la dependencia. Hay siete efectivos formalizados y ya pasados a situación pasiva. El 14 de octubre, en General Pico, dos policías del Comando Radioeléctrico fueron filmados mientras cargaban en un móvil oficial el gato hidráulico de una gomería. Y el domingo 1 de noviembre, frente a la Catedral de Santa Rosa, un video mostró a un efectivo empujando a una joven, pateándola en el suelo y golpeando con el puño a un joven que ya estaba esposado. Después, la joven denunció penalmente que en la Seccional Tercera la obligaron a desnudarse con la puerta abierta y que se impidió que la médica la revisara.
Son hechos distintos y no corresponde mezclarlos. Un hurto de una herramienta no es lo mismo que las lesiones y vejaciones que se investigan en Santa Rosa. Y de la última denuncia, por ahora, sólo conocemos la versión de la víctima, que la Fiscalía deberá confirmar o descartar. Pero hay un patrón que sí se puede señalar sin atropellar a nadie: en los tres casos, lo que sacó el asunto a la luz fue una cámara o una denuncia ciudadana. No fue un control interno ni una iniciativa de la institución.
Lo que funcionó
Sería injusto no decirlo. En el caso de la gomería, el sistema respondió con rapidez. La denuncia se radicó el mismo día, hubo allanamiento, la herramienta se recuperó y a los cinco días se formalizó a los efectivos por hurto agravado. El juez les impuso prohibición de acercamiento a la víctima y las actuaciones pasaron a la Fiscalía de Investigaciones Administrativas. El fiscal Matías Juan hizo además una advertencia que comparto: no hay que meter a toda la fuerza en la misma bolsa. La enorme mayoría de los policías cumple su trabajo, y son los primeros perjudicados por estas imágenes.
Lo que no funcionó
Un detalle del caso de la gomería dice mucho. Cuando el comerciante fue a la Comisaría Segunda, lo primero que escuchó fue que el móvil y los efectivos no eran de esa dependencia. Los acusados, además, no dieron aviso a ningún superior ni dejaron constancia en el parte, según ellos mismos reconocieron. Y días después se presentaron uniformados y en el mismo patrullero en la casa de la víctima, para “pedirle perdón”. Eso no es un detalle menor: es la clase de gesto que, viniendo de quien porta un arma y un uniforme, intimida, y la Justicia lo entendió así.
Pero lo que más preocupa es la ausencia de palabra institucional. En el caso del lutier, la Jefatura no emitió un comunicado oficial. En el de la gomería tampoco, aun cuando había un video con audio y dos efectivos en un móvil oficial. Recién frente al tercer hecho, el de la Catedral, apareció un texto de pocas líneas que dice que se entregó el material a la Fiscalía de Investigaciones Administrativas y que la Institución actuará con “estricto apego a derecho”. Ni una palabra sobre qué pasó con el efectivo que aparece en el video, si fue apartado, ni sobre las acusaciones de la Seccional Tercera. Entregar material a otro organismo es lo mínimo. Una institución que quiere recuperar la confianza explica qué hizo, a quién apartó y cuándo, y no espera a que haya tres casos para hablar. En el caso del lutier, el pase a pasiva llegó recién tras la formalización judicial, más de cinco semanas después.
Lo que nos debemos como sociedad
Que la Policía tiene un trabajo difícil nadie lo discute, y que a veces debe usar la fuerza, tampoco. Pero la fuerza tiene reglas, y la más básica es que una persona reducida y esposada no se golpea. Cuando alguien con uniforme la rompe, no está en juego sólo su suerte personal: se desgasta la autoridad de todos sus compañeros.
La pregunta de fondo no es cuántas manzanas podridas hay, sino si la institución tiene los mecanismos para detectarlas sin depender de que alguien filme. Hoy la respuesta que vemos es que no, o que no los muestra. Y mientras eso no cambie, cada nuevo video va a generar la misma indignación, y el único mensaje institucional seguirá llegando tarde y en pocas líneas.
