Marina Anconetani y su hijo Matías Severino, tercera y cuarta generación de Helados Cecchetto, repasan en “Ya no hay acá” —el ciclo de entrevistas de Lautaro Asat y Tomás Cercadillo, en su segunda temporada— la historia de la empresa pampeana que este año cumple siete décadas.
En 1956, en la esquina de la calle 17 y la 6 de General Pico, el bar Cecchetto era un lugar conocido por todos. Ese año murió su fundador y quedó viuda Francisca Gilardenghi de Cecchetto. El bar, como se pensaba entonces, no era ambiente para que lo administrara una mujer, así que pasó a manos de su hijo Cholo y de Babi, papá de Marina. Ella se dedicó a lo que mejor sabía hacer: cocinar.
“Era muy buena cocinera”, resume su nieta Marina Anconetani. Así nació, en una heladería muy chiquita pegada al bar, sobre la calle 17, la firma que hoy cumple 70 años.
Marina no llegó a trabajar con la abuela: Francisca murió cuando ella tenía 15 años y todavía iba al secundario. Pero las anécdotas y las fórmulas de aquella cocinera circulaban por la casa y por la fábrica.

Latas, palitos y madrugadas
Los comienzos fueron artesanales. Las máquinas eran de 50 litros y de cada tanda salían cuatro o cinco latas, que era lo que se vendía en el día. Recién en 1970 llegaron las máquinas continuas, y con ellas la expansión. Marina recuerda una palitera enorme que funcionaba de noche y para la que se contrataba gente. El helado llegó a venderse en la costa atlántica, y la empresa tuvo depósitos en Río Cuarto y Buenos Aires y distribución en Santa Rosa.
Marina se sumó siendo una adolescente, hacia 1985, trabajando en verano mientras cursaba el secundario. Servía helado, atendía la caja los fines de semana y se fue metiendo en la administración. Estudió analista programador y en 1999 hizo un curso de técnicas japonesas de gestión para aplicar en la empresa. Ya hace unos cuarenta años que está en la casa.
De su infancia guarda una imagen que resume el clima familiar de la época: la oficina estaba al lado de la fábrica, se tomaba helado todo el día y los chicos jugaban a esconderse entre las bolsas de azúcar del depósito.


La crisis que casi se lleva todo
Entre los momentos más duros, Marina no duda: la salida de la convertibilidad. La empresa tenía un crédito y, tras la devaluación, los números se dieron vuelta. “Por cada cuota que pagábamos, se incrementaba el capital. Era realmente un embudo”, recuerda. Les cerraron las cuentas corrientes y hubo que ordenar los gastos y tomar decisiones complicadas, mientras se negociaba con el ministerio y el Banco de la Pampa.
Al frente de la empresa estaba entonces su padre, con quien Marina trabajó codo a codo durante años y de quien dice haber aprendido a “pelearla” en las crisis. Lograron regularizar la deuda y, según se enteró con los años, fueron la primera empresa en conseguir un acuerdo de ese tipo; otras, en la misma situación, siguieron después ese camino. Su padre siguió al frente de la empresa hasta su muerte, en 2013.
La lección que dejó esa etapa la resume con un refrán: “el que mucho abarca, poco aprieta”. La empresa se achicó, concentró su producción en Pico y aprendió a mirar los números con cuidado. “Sabemos lo que es estar en las malas”, dice.

Un helado en la pandemia
Otra prueba, de signo distinto, fue la pandemia. Tras unas dos semanas de parálisis, con las cámaras llenas, la gente de producción se volcó a inventar el delivery, que en Pico todavía no existía de esa forma. “Fue un boom en la venta de helado”, cuenta Marina. “Todos comíamos helado”. Aquello cambió el hábito de consumo, y Matías agrega que el helado dejó de ser solo el cucurucho en el mostrador para llegar a las casas en potes, cajitas y baldes.
Marina atribuye buena parte de la supervivencia a la agilidad de una empresa chica y familiar: la capacidad de reestructurarse rápido cuando el escenario cambia. Matías señala además una ventaja de esos meses que no se ve a simple vista: sin reparto externo, los costos variables de logística bajaron mientras el personal se mantenía intacto.
El ingeniero que vendía lechuga
Matías Severino, de la cuarta generación, empezó en 2015 tratando con proveedores y, tras recibirse de ingeniero en 2016, volvió a General Pico para meterse de lleno en la fábrica. Hoy es, en sus palabras, “un comodín”: en invierno se ocupa del mantenimiento, porque conoce las máquinas mejor que nadie —hoy la planta tiene una capacidad de 1.800 litros por hora, cuenta él—, y también del desarrollo de sabores nuevos. Cada año prueba unas diez ideas, pero rara vez pasan más de dos: las decide el personal, que las prueba y opina. Si a todos les encanta, llega a las heladerías.
Cuenta Marina que el espíritu comercial le vino de chico. A los seis u ocho años paseaba en su triciclo por la fábrica de la 17 y la 6 vendiendo atados de lechuga que le preparaba un tío abuelo, y ofrecía también pororó casero a los empleados. Cuando el verdulero de enfrente empezó a ver en aquel nene a un competidor porque le “sacaba los pimientos”, la competencia ya era pareja. Matías aprendió matemática, dice ella, yendo al kiosco de la vuelta.

Discusiones de oficina, domingos en familia
Trabajar en familia, admiten los dos, tiene su precio. “Montones de discusiones”, dice Matías. Él viene con ideas nuevas, tecnología, máquinas y proyectos, y la generación anterior lo frena para evaluar la inversión. A veces la idea tarda uno o dos años en aprobarse. Pero la regla es clara: las discusiones de negocios se quedan en la oficina, y el domingo la familia se junta a comer.
Sobre la tecnología, Matías aclara que su meta no es reemplazar personal: “Es para mejorar el trabajo del personal”, para que la máquina haga la parte pesada y la persona controle el proceso. Este año la empresa hizo una gran inversión en paneles solares que volvió autosuficiente en energía a la planta de la Zona Franca.
Cuando le piden que defina a su madre, Matías dice que nunca va a decir “listo, ya terminé”: siempre busca cómo mejorar o hacer algo nuevo. Ella, sobre él, dice sentirse “sumamente orgullosa” de la motivación con la que se metió en la empresa.

La pintora
Marina tiene una vida paralela. Hace unos quince o veinte años empezó a pintar para despejarse del estrés laboral, en una época en que su padre estaba enfermo. Hoy pinta abstractos con toques de pintura asfáltica, una técnica que le dejó como legado una tía. Expuso en Buenos Aires, el año pasado en Nueva York y hace un mes en Zúrich, donde presentó 18 cuadros. Organizó además un grupo de más de 220 artistas de todo el país, “Artistas con Pasión”, que en octubre y noviembre reunirá a más de 60 en una muestra colectiva en La Pampa, en Medasur.
Su método para equilibrar ambos mundos: en horario de oficina, solo la empresa; al llegar a casa, se pone el delantal y pinta. “Ni el teléfono te atiende”, bromea Matías.
Él, por su parte, cuenta que hoy está muy abocado a la empresa, pero que su escape solía ser otro: volar en parapente.
Calidad de tiempo
Marina reconoce que, cuando Matías era chico, estuvo muy abocada al negocio y se perdió cosas. Lo compensó, dice, con la calidad del tiempo más que con la cantidad. Hace poco viajaron juntos casi un mes. “Pensé que me iba a pelear”, confiesa. “Nos llevamos fenomenal”.
Ahora es abuela. Su nieto, hijo de Matías, tiene poco más de un año, y la pregunta por la quinta generación tiene respuesta lenta: “faltan unos cuantos años”. Matías, hijo único, ya enfrenta el mismo dilema de repartir el tiempo entre la fábrica y la familia.
“Trabajadores, no exitosos”
Consultados sobre si se consideran exitosos, ambos rechazan la palabra. “Trabajadores”, coinciden. Detrás de la firma hay unas 35 personas todo el año y hasta 50 o 55 en temporada, y para Marina esa responsabilidad pesa: si ellos bajan los brazos, dice, se cae la fuente de trabajo de muchas familias. Y en las malas, subraya, los empleados los acompañaron.
Para ella, el éxito está en otra parte. “Hay mucha gente que económicamente está muy bien y sin embargo está vacía”, reflexiona, y recuerda la suerte de haber trabajado con su papá y de haber podido acompañar a su mamá en los últimos períodos de su vida. “Creo que eso es tener éxito: poder estar bien con las personas que nos rodean”.
Dentro de diez años Matías se imagina a Cecchetto con 80 años de trayectoria, eficiente, reconocida por la calidad y con el mismo equipo. Que sea una empresa grande no le importa tanto: una empresa argentina, pampeana y familiar, de las pocas que en el país llegaron a tercera y cuarta generación.
