El Libertador murió lejos de la patria que ayudó a fundar, sin fortuna y sin cargos. Su legado, sin embargo, sigue funcionando como una vara con la que medir el presente: la disciplina frente a la improvisación, el desprendimiento frente a la ambición, la mirada continental frente a la mirada de corto plazo. Un repaso de su figura en clave de actualidad.
El Cruce de los Andes y la travesía del ajuste
San Martín no cruzó la cordillera por impulso: planificó, entrenó, acopió recursos durante años antes de dar el paso. Sabía que el resultado no se vería en el corto plazo, sino en el desenlace de una campaña que podía tardar meses en dar frutos.
Hay algo de esa lógica en el debate económico argentino actual. El gobierno insiste en que el ordenamiento fiscal y la baja de la inflación son un proceso de mediano aliento, que exige paciencia antes de ver resultados sostenidos. Los indicadores muestran una economía que crece, pero de forma despareja: sectores que repuntan y otros que todavía no despegan, mientras la sociedad —según las últimas encuestas— sigue poniendo la situación económica como su principal preocupación.
La diferencia con la gesta sanmartiniana es incómoda de nombrar, pero vale la pena señalarla: San Martín pagó personalmente el costo de su travesía, con su salud y su fortuna. El ajuste de hoy, en cambio, lo paga mayoritariamente la sociedad, mientras el resultado final —la “victoria” en Chacabuco, en términos económicos— todavía está en discusión entre quienes creen que ya se ganó la batalla y quienes creen que la guerra recién empieza.
Guayaquil y la grieta: el desprendimiento que falta
La Entrevista de Guayaquil sigue siendo, quizás, el gesto más citado de San Martín: cedió el mando a Bolívar para no dividir la causa americana. Priorizó el objetivo común por sobre el protagonismo personal.
Es difícil encontrar ese gesto en la política argentina contemporánea. La grieta —esa palabra que describe la polarización entre proyectos antagónicos— funciona casi como la antítesis de Guayaquil: en lugar de ceder para unificar, buena parte de la clase dirigente construye poder profundizando la división. El Congreso, escenario de la disputa entre el oficialismo y una oposición que resiste buena parte de las reformas impulsadas por el Ejecutivo, es un buen termómetro de esa dificultad para privilegiar un rumbo compartido por sobre la pulseada de corto plazo.
San Martín entendía que la independencia de un país no estaba asegurada mientras el poder rival —español, en su caso— siguiera intacto en la región. Trasladado al presente, podría leerse como una advertencia: ninguna reforma económica o institucional está “asegurada” mientras no logre un consenso que trascienda el color político de turno, algo que la Argentina posconvertibilidad viene mostrando ciclo tras ciclo, con políticas que se abandonan apenas cambia el gobierno.
Las Máximas para Mercedes, leídas en clave social
Los consejos que San Martín le dejó a su hija —hablar siempre con la verdad, ser austera, respetar al que trabaja— suenan hoy casi como un programa de valores cívicos más que como una carta familiar.
Esa austeridad personal, sin embargo, contrasta con una sociedad argentina que asocia el ajuste con el sacrificio ajeno: los casos de corrupción que salpican a distintos espacios políticos —oficialismo y oposición por igual— siguen erosionando la confianza pública, justo en momentos en que se le pide a la ciudadanía que apriete el cinturón. El desinterés material que San Martín demostró al rechazar cargos y fortunas es, en ese sentido, un espejo que devuelve una imagen poco favorecedora del presente: la de una dirigencia a la que cuesta pedirle el mismo desprendimiento que exige de la gente común.
La vocación americanista frente a la inserción global de hoy
San Martín no pensaba en una Argentina aislada, sino en un continente liberado en conjunto. Su estrategia militar tenía una lectura geopolítica: mientras Lima siguiera siendo bastión realista, ninguna independencia local sería segura.
La Argentina de hoy discute su propia versión de esa pregunta: cómo insertarse en el mundo. El gobierno apuesta a una política exterior con eje comercial, apertura a inversiones y acuerdos bilaterales, en particular con Estados Unidos. Los sectores críticos, en cambio, advierten sobre los riesgos de una integración asimétrica o dependiente. Es, salvando las enormes distancias históricas, una tensión parecida a la que San Martín resolvió con las armas: ningún proyecto nacional se sostiene aislado del contexto regional y mundial que lo rodea.
Un legado que interpela, no que resuelve
Convocar a San Martín en el debate público argentino es casi un ritual cada 17 de agosto. Pero su figura no ofrece respuestas cerradas sobre qué política económica aplicar o qué reforma aprobar: ofrece, en todo caso, una vara de valores —sacrificio propio antes que ajeno, unidad antes que protagonismo, visión de largo plazo antes que urgencia electoral— con la que cada generación puede medir a su propia dirigencia.
La pregunta que deja abierta, 176 años después de su muerte, no es si la Argentina de hoy se parece a la de San Martín. Es, más bien, cuánto se parece su clase dirigente al hombre que cruzó los Andes sin pedir nada a cambio.
