Margarita Cervio lleva dos décadas recorriendo La Pampa con su cámara a cuestas. Lo que comenzó como un requisito académico durante sus estudios de turismo en San Martín de los Andes se transformó en una pasión que hoy la tiene al frente de un grupo de 11 avistadores piquenses y con un archivo que supera las 600 especies documentadas.
De las aulas al monte pampeano
«Cuando estudiaba turismo, para ser guía de un parque nacional tenés que rendir flora, fauna, arquitectura de parques nacionales, y te exigían cursos de observación de aves. Ahí me enamoré y nunca más dejé de observar», cuenta Cervio sobre el origen de su vocación.
Su casa está diseñada para la observación. Plantas que atraen aves e insectos, ventanas estratégicamente ubicadas. Todo pensado para no perderse ningún detalle.
«Es medio un fanatismo, pero como que todo se prepara para eso»
Ciencia ciudadana con impacto real
El trabajo de Cervio y su grupo trasciende lo recreativo. Cada avistamiento se carga a plataformas digitales con datos precisos: fecha, ambiente, cantidad de registros previos. Esa información llega a investigadores de todo el país.
Un ejemplo reciente lo ilustra: un naturalista puertorriqueño que recorre el mundo buscando los 100 mamíferos más escurridizos llegó hasta la Reserva Delfín Pérez guiado por los registros que el grupo había subido a la plataforma.
«Nunca, es muy loco todo hoy lo que puede la tecnología», reflexiona Cervio.

El hallazgo del lechuzón y la rata nutria
La última columna de su serie «Menos Jaula» se centró en el lechuzón orejudo, un ave nocturna que apareció en la Reserva Delfín Pérez con dos juveniles. El avistamiento convocó a observadores de Toay, Santa Rosa y otras localidades pampeanas.
Pero el hallazgo trajo una sorpresa adicional. Al analizar los bolos de regurgitación del lechuzón —donde expulsan pelos, plumas y huesos de sus presas— Cervio encontró restos de una rata nutria.
«Cómo registrás una rata: tenés que encontrar el cráneo, porque muchas veces la diferencia no está en la piel sino en la dentadura. Así registramos científicamente que en La Pampa teníamos ratas nutrias», explica. Fue el primer registro de la especie para la provincia.
Gritos de euforia en el campo
La observadora no oculta su entusiasmo cuando encuentra algo inesperado. Sus compañeros la gastan por los gritos que pega en el monte.
«Había visto un Martín Pescador. Imaginate ahí gritando, nadie entendía qué había pasado», recuerda entre risas.
En un viaje a Corrientes vivió uno de sus momentos más intensos. Buscaba un chimachima —similar a un chimango pero de color beige— y el viento complicaba todo. Cuando ya se resignaba, apareció un águila coronada con su cría, una especie en peligro de extinción.
«Iba por la ruta a los gritos, tipo fotógrafa japonesa. Mi compañera me miraba como diciendo ¿qué le pasa a la loca esta?»

El valor del registro para las futuras generaciones
Cervio mantiene una carpeta por cada ave, con fotos en todas las etapas de vida: pichón, juvenil, adulto. Ese archivo tiene un propósito que va más allá del presente.
«Hoy podemos saber gracias a Juan Williamson que en el vivero había cardenales amarillos y hoy están extintos para La Pampa. Qué importante es que alguien se haya tomado el tiempo de dejar ese registro», señala.
Su objetivo inmediato es conocer las más de 400 especies de aves que habitan la provincia. En General Pico ya llevan documentadas más de 200, y la columna «Menos Jaula» acumula 30 entregas.
Lluvia o frío, siempre se sale
Los días de mal tiempo no frenan a los avistadores. Al contrario.
«Los días de lluvia también se sale a pajarear. Son los días más raros, más lindos, se ven las cosas más raras», asegura Cervio.
Una anécdota resume su dedicación: un domingo de invierno cruzó a los chicos de Pampa Way en la reserva y pensó qué hacían ahí con ese frío. Un compañero la miró de arriba abajo —botas de goma, capa empapada— y le devolvió la pregunta con la mirada.
«Cada uno sigue su pasión», concluye.


