A 44 años de la rendición argentina en Malvinas, Pedro Mercol, veterano de guerra de General Pico, repasó con InfoPico sus vivencias durante los 74 días que pasó en las islas. Mercol forma parte del reducido grupo de ex combatientes de la ciudad que estuvo desde el 2 de abril hasta el 14 de junio de 1982, fecha en que el general Benjamín Menéndez se rindió ante las fuerzas británicas.
Del servicio militar a la historia
Mercol cumplía el servicio militar en el Batallón de Infantería número 2 de la base de Puerto Belgrano cuando, el 28 de marzo de 1982, junto a sus compañeros fue embarcado en el buque Cabo San Antonio sin saber cuál era el destino final. «Nosotros veníamos de hacer instrucción en el sur, era normal ese tipo de maniobras. Nada hacía suponer que podía pasar algo así», recordó.
Tras atravesar una tormenta que castigó duramente al buque, la arenga del comandante de la fuerza de infantería llegó la tarde del 1 de abril: estaban destinados a ser parte de la historia, a tomar Malvinas provocando el menor daño posible. A las 6 de la mañana del 2 de abril desembarcaron en Puerto Argentino a oscuras, en vehículos anfibios, sin dimensionar todavía la magnitud de lo que estaba por venir.
«Pegarse contra el suelo»: los primeros disparos
Cuando bajaron la planchada del anfibio, la oscuridad era total. «No sabíamos dónde estábamos porque veníamos de un buque a oscuras, un vehículo anfibio a oscuras, llegamos a la playa, era oscura. Sabíamos que pisábamos la arena con el agua, pero no sabíamos qué», relató Mercol. Ahí se produjeron los primeros disparos.
«Ahí sí, ahí pegarse contra el suelo. Nosotros teníamos una formación básica, pero nunca pensamos de que nos fueran a tirar a nosotros. Claro, estaba dentro de lo posible, pero nunca pensamos: uy, me tocó a mí».
La compañía Delta, a la que pertenecía Mercol, estaba compuesta por unos 150 soldados. El batallón completo sumaba aproximadamente 600 hombres, un crisol de provincias: Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Misiones, Chaco. «Éramos todos iguales. El que tenía dinero, el que no tenía dinero, el gordo, el flaco. Lo único que teníamos era el uniforme y la bandera», enfatizó.
Quedarse atrás: la tercera sección
Mientras el grueso del batallón volvió al continente tras la toma inicial, una sección de entre 27 y 30 soldados fue seleccionada para permanecer en las islas. Mercol estaba entre ellos. Durante semanas, la tercera sección patrulló de noche, cubrió puestos clave en Puerto Argentino y convivió con la tensión del combate inminente.
El 13 de junio, en Península Camber, se produjo el combate con los comandos británicos que desembarcaron por mar. «Aproximadamente a las 11 de la noche empezó. Se prolongó toda la madrugada», recordó. A las 9 de la mañana del 14 de junio, llegó la orden: juntar fusiles y municiones. Sin explicación. Sin saber que la guerra había terminado.
La rendición y los cinco días en el aeropuerto
Mercol y sus compañeros fueron trasladados a Puerto Argentino. Ahí vieron a los primeros soldados británicos dentro de la ciudad. La situación era ambigua, tensa. «Andábamos con los fusiles, con las municiones, todo. No sabíamos qué iba a pasar», dijo. Luego llegó la orden de la jefatura argentina: destruir todo el material.
Munición por munición, fusil por fusil, todo fue quebrado y apilado. Después, la requisa británica. Uno por uno, revisados, despojados de lo que los soldados ingleses consideraban importante. Caminaron cinco kilómetros hasta el aeropuerto, donde permanecieron cinco días a la intemperie, sin agua ni alimento, en condición de prisioneros.
«No había diferencia, éramos todos lo mismo», resumió Mercol. Finalmente, tras una negociación entre el gobierno argentino y las fuerzas británicas, un helicóptero Sikorsky los trasladó al buque Bahía Paraíso, que los llevó a Río Gallegos. Desde ahí, aviones de la Armada los trasladaron a la base Comandante Espora, en Bahía Blanca.
Mantener viva la memoria
Mercol insiste en transmitir su experiencia sin contaminación política, centrado en lo vivido. Cada vez que visita una escuela o comparte su historia, su mensaje es claro:
«Verdaderamente héroe es el que dejó su vida. Nosotros lo único que hacemos para que siga viviendo es comunicar y mantener atenta esto, porque si no decimos nada, se pierde».
Su consejo a las nuevas generaciones es simple pero contundente: leer, contrastar fuentes, no quedarse con una sola versión. «Lean tres, cuatro libros, tres, cuatro autores, y de ahí deduzcan. No se queden con alguien que les dice. Yo les puedo estar mintiendo, pero escúchenme, y después lean, vayan, lean», concluyó el veterano.



