Carlos Arrieta, visitó los estudios de InfoPico Radio 99.9 con un verdadero tesoro bajo el brazo: una bolsa repleta de entradas de boliches del año 1994. Lo que comenzó como una curiosidad sobre el diseño y los precios de aquella época, derivó en una charla cargada de nostalgia sobre cómo se vivía la noche en General Pico hace tres décadas.
Durante la entrevista, Arrieta desplegó sobre la mesa tickets de lugares emblemáticos que marcaron a varias generaciones, como la confitería Oriente o Gitana. La conversación rápidamente giró hacia las diferencias abismales entre la juventud de los 90 y la actual, especialmente en los horarios y la logística para salir a bailar.
La estrategia de la entrada anticipada
Uno de los recuerdos más vívidos fue la costumbre de comprar la entrada temprano para ahorrar dinero, una práctica casi extinta. “Salíamos a las once de la noche, o a las diez, y estaban las chicas que trabajaban para el boliche vendiendo las tarjetas. Tenías que ir a comprarlas al centro temprano porque eran más baratas”, relató Arrieta. Esta dinámica obligaba a los jóvenes a “picar temprano”, ingresando a los locales bailables cerca de la medianoche, algo impensado hoy en día donde la previa se extiende hasta la madrugada.
“Hoy van a las tres o cuatro de la mañana. Nosotros a la una ya estábamos adentro. Se disfrutaba más el boliche, se aprovechaba toda la noche”.
Saltando tapiales: la odisea de entrar siendo menor
La charla tuvo su momento más colorido cuando Arrieta confesó las peripecias que debía realizar para ingresar a Oriente con apenas 14 o 15 años, una edad en la que, paradójicamente, muchos chicos ya trabajaban o salían, pero que chocaba con la estricta mirada de los encargados de seguridad de la época, como el recordado Julio Moralejo.
“Yo era bastante vago. Iba con las vecinas que eran más grandes, le pedía permiso al padre para acompañarlas. Cuando llegábamos a la puerta, a ellas las dejaban pasar y a mí me frenaba Julio: ‘Vos no pasás’, me decía, y me devolvía la plata de la entrada”, contó entre risas.
Lejos de rendirse y volver a casa, Arrieta ponía en marcha un plan alternativo digno de una película de aventuras. Daba la vuelta a la manzana y buscaba el punto ciego del local: “Encaraba por el tapial del vecino de atrás de Ozono. Me subía estilo gato y me colaba. Caía en el patio de Oriente y de ahí me metía al galpón. Si no me dejaban entrar por la puerta, me colaba por el tapial”.

Tragos, baldes y el recuerdo de los boliches históricos
La entrevista también sirvió para repasar un mapa nocturno que ya no existe. Se mencionaron nombres que despertaron la memoria emotiva de la audiencia: Cheroga, Casandra, Tocos, Génesis, Cascay, Petróleo, Limón y Vianela, entre otros. También se recordó la intensidad de las bebidas de aquella época, muy distintas a la cerveza artesanal o los tragos de autor actuales.
Matías, parte del equipo de la radio, recordó los famosos baldes y tragos como el “Séptimo Regimiento”, una mezcla de bebidas blancas que, en palabras de los protagonistas, “te pegaban un hachazo en la cabeza”. Arrieta sumó al recuerdo el clásico melón con vino y la forma comunitaria de beber: “El balde venía con siete u ocho bombillas. Estabas en la pista, pasaba uno, te manoteaba la bombilla, le pegaba un trago y seguía”.
El paso de Carlos Arrieta por el aire de la 99.9 no solo desempolvó viejas tarjetas de cartón, sino que revivió una época dorada de la socialización en General Pico, donde la noche empezaba temprano, la música se bailaba hasta el amanecer y, a veces, había que saltar un tapial para ser parte de la fiesta.
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