La frase, pronunciada por el presidente Javier Milei durante su última cadena nacional, no es una más en el léxico político argentino. Cargada de un pesado historial de promesas y decepciones, su reaparición representa una apuesta de alto riesgo para el Gobierno, que busca instalar la idea de un punto de inflexión mientras la mayoría de la sociedad aún siente el impacto del ajuste en su vida cotidiana.
“Lo peor ya pasó”. Cuatro palabras que resonaron con fuerza en el discurso presidencial y que, para cualquier argentino con memoria política, activaron una alarma de escepticismo. No es una frase inocente. Es, quizás, una de las expresiones más arriesgadas que un mandatario puede usar en medio de una crisis, un verdadero “todo o nada” discursivo que pone en juego la credibilidad de su gestión.
Al adoptarla, Javier Milei no solo describe su visión del presente, sino que también se encadena voluntariamente a un fantasma que persiguió a sus predecesores, especialmente a Mauricio Macri. La pregunta que flota en el aire es inevitable: ¿estamos ante el presagio de una recuperación real o frente a un nuevo capítulo de voluntarismo político?
La lógica de la Casa Rosada: ordenar la macro para que llegue el alivio
Para el Gobierno, la afirmación se sostiene en datos concretos de la macroeconomía. Desde la óptica oficial, “lo peor” fue el riesgo inminente de una hiperinflación y el descalabro fiscal heredado. En ese terreno, el Ejecutivo exhibe sus logros como trofeos de guerra: superávit fiscal consecutivo, una drástica desaceleración de la inflación mensual, el fin de la emisión monetaria para financiar al Tesoro y la recomposición de reservas del Banco Central.
El argumento del Presidente es lineal y coherente con su doctrina: sin estos “cimientos”, cualquier sensación de alivio sería un espejismo, un “veranito” pasajero como tantos otros. Primero la motosierra y la licuadora para extirpar el cáncer del déficit; después, y solo después, llegará la recuperación del salario, la inversión y el consumo. Milei le habla a la sociedad desde una planilla de Excel, convencido de que esos números, tarde o temprano, se materializarán en el changuito del supermercado.
Un eco del pasado: el fantasma de las promesas incumplidas
El principal enemigo de la frase no es la oposición, sino la historia. La memoria colectiva recuerda perfectamente a un Mauricio Macri y a su equipo económico asegurando en 2018 que “pasó la tormenta” o que “lo peor ya pasó”, justo antes de nuevas devaluaciones y una crisis que se profundizó hasta el final de su mandato.
Ese antecedente devalúa el poder de la palabra presidencial. Genera un muro de escepticismo difícil de derribar. Hoy, cuando Milei pronuncia la misma frase, no solo debe convencer con sus propios resultados, sino que también debe luchar contra el recuerdo de fracasos ajenos. La sociedad argentina, curtida por décadas de ciclos de ilusión y desencanto, ha aprendido a desconfiar de los brotes verdes anunciados desde el poder.
La batalla de dos relatos: los números del Excel contra la heladera
Aquí reside el nudo del conflicto actual. La apuesta de Milei tensiona al máximo dos realidades que hoy corren por carriles separados. Por un lado, el relato macroeconómico del Gobierno, que habla de orden, superávit y baja del riesgo país. Por otro, el relato de la calle, que se mide en la caída brutal del consumo, la pérdida de poder adquisitivo, la parálisis de la obra pública, el aumento de las tarifas y la incertidumbre sobre el empleo.
La gran pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse el capital político del Presidente si la realidad del Excel no empieza a reflejarse en la heladera. El Gobierno confía en una recuperación en “V”, un rebote rápido una vez superado el piso de la recesión. Sin embargo, la paciencia social no es infinita.
El uso de “lo peor ya pasó” es, en definitiva, una jugada para acelerar los tiempos de la esperanza, para fijar un horizonte y pedir un esfuerzo final. El éxito o fracaso de esta apuesta definirá gran parte del futuro del gobierno. Los próximos meses dictaminarán si la frase fue una precisa descripción de la realidad o si, por el contrario, se sumó a la amarga colección de promesas que la historia económica argentina se encargó de desmentir.

