Por Promoción 1990 INS (algunos)

Los cuarenta años del Instituto Nuestra Señora: el blazer bordó y los ochenta

10 septiembre, 2023 a las 12:00
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El Instituto Nuestra Señora cumple cuarenta años y pensar en cuarenta años es hablar de otro siglo. Otra época. Vamos entrando en tema. Imagínense: los estudiantes que hoy cursan el secundario nacieron todos en este siglo, tienen un Smartphone y estudian leyendo la pantalla. El INS es para ellos, para muchos de los piquenses, un colegio que siempre estuvo. Una institución con recursos, con un edificio adecuado y que también tiene primaria, cursos abarrotados de estudiantes y con lista de espera. Los blazer bordó hoy no llaman la atención en el paisaje urbano.

Pero hace cuarenta años, era otra cosa. En los ochenta fue solo una idea que creció por el empuje de unos pocos directivos, y padres y madres que apoyaron esa iniciativa que hasta pareció en algún momento incierta. De hecho, la primera camada de estudiantes, de primero a quinto, apenas superaba los cien en 1987.

Fue raro un secundario privado en General Pico. Todos los colegios eran públicos y tenían décadas y renombre. El Nacional, el Normal, el Industrial, el Comercial, la EPET 2… Ya el uniforme era algo extraño para el pueblo-ciudad. Saco bordó, corbata al tono y pantalón gris para los chicos, pollera (y solo pollera) a cuadritos bordó para las chicas. Y por supuesto debajo de la rodilla. Y zapatos, nada de zapatillas. Pero además, religioso. Católico. De ahí que muchos nos calificaran como “chupacirios”. Entre los ingresantes quienes venían de los primarios religiosos (Santa Inés, Luján), pero otro no. Por supuesto, la mayoría de familias aunque no practicantes, que se identificaban con el catolicismo.

Para agregarle un poco de épica, y zozobra, a los inicios, el INS no tenía edificio propio. Empezó en una vieja casona sobre la calle 22 entre 13 y 11. Casi que se venía abajo, si mal no recordamos, y tenía el patio lleno de plantas. Cuando se sumaron más cursos, la que sería la cuarta promoción, empezaron 32 y fue la más numerosa. Ahí se tuvieron que repartir los cursos entre la primera sede y las aulas del viejo edificio de la Escuela 26, sobre la calle 9. Como las máquinas de escribir que tenía el colegio estaban en la vieja sede, los “nuevos” tenían que ir caminando esas cuadras, los que llevaban las suyas cargándolas. Hasta que por el quinto o sexto curso que ingresó se tuvo el edificio propio, el actual, sobre la calle 26, al que iban las promociones más grandes. Otra casona vieja que se fue acondicionando. Pero era un lujo al lado de la otra.

Pensar en el inicio del Instituto también es pensar en la época: los dorados ochenta. Pasemos las imágenes como en un videoclip. Salir sin documentos. ¿Zanella o Juki? Asalto, cumples de 15 y boliche. Por supuesto, Butterfly. Vianella o La Cueva también, pero Butterfly fue la explosión. Los posters colgados en la pieza. El walkman, el TDK. El VHS alquilado. La adrenalina de sacar/que te saquen a bailar. Tengo que ordenar (Chupame un huevo). El teléfono de Entel (cortá que sale mucho). La confitería de Independiente o la plaza San Martín el domingo a la tarde. La última cuenta regresiva, la Isla Bonita o Las chicas solo quieren divertirse (cada uno tiene su puñado de favoritas). Los nevados y las permanentes. Los lentazos, no habrá otra época igual, es un hecho. Flashdance en el Cine Gran Pampa. La bocho que te sacaba todo o el que se quedaba con 12 previas en diciembre. Domingo para la Juventud, versión tele y versión Independiente. Los alcanzó los objetivos/no alcanzó los objetivos (sí, como ahora sin número). Las primeras elecciones, los militares que parecían volver, los australes. ¿A qué pileta vamos? Se arreglaron/Ya cortaron/No te hagás el bocho. La hiperinflación y el viaje de egresados a Bariloche que casi no se pudo hacer. Rocket y Cerebro. La colimba (¡que no me toque!) La represión sexual, las villas cariño. La fiesta de egresados echa a pulmón. Solo algunas imágenes de una década que transcurría. Barrida, volvamos al INS.

El colegio tenía fama de severo. Una fama ganada: si se llevaban más de dos previas, no se podía continuar. En los primeros años te tomaban asistencia en la misa y te miraban el uniforme si estaba correcto. Pero a medida que se pasaba de curso se iban relajando las normas. Algún vaquero en vez del pantalón gris, la pollera más corta (apenas arriba de la rodilla), no usar la corbata, alguna vez zapatilla. Igualmente había algo que gustaba del uniforme: por un lado daba sensación de pertenencia, y diferenciaba del resto de los colegios. Y también una cuestión práctica: era como el overol del secundario. No había que pensar mucho que ponerse y no se estropeaba la ropa.

El Instituto Nuestra Señora fue una idea impulsada por puñado de personas. El rector Raúl Calmels y el asesor legal Eduardo Rodríguez, siempre de traje y con esa risa ceremoniosa. El elenco estable, con Testa, la eterna secretaria que pedía la cartilla (con la que se pagaba el mes) y los docentes, algunos que estuvieron durante décadas. Doras Chamas de mecanografía, Giacobbe de Historia, Rossi de Matemática, Filippa de Contabilidad, Oddone de Lengua… Materias que eran el cuco como Matemática Financiera o no entendíamos nada como Computación, apenas uno en el curso tenía una Commodore. Salíamos perito mercantil. Y por supuesto, el grupo de padres y madres que se acercaba a colaborar.

Calmels era el malhumorado. Alguien tenía que poner orden, aunque en esa época eran apenas travesuras. Como hacerse la rata (una vez al año y con culpa) o tirar una bombita de olor (esos ardían en las llamas del infierno). Eran memorables las filípicas de Calmels cuando nos formábamos antes de entrar, con oración incluida. Levantaba los brazos gesticulando con los dedos hacia arriba mientras, por equis razón, nos cantaba las cuarenta. O cuando entraba al curso y se sacaba el reloj. Algo nos tenía que decir. Algunos quedaban preocupados, otros apenas habían escuchado del sueño que llevaban. Igual no era para tanto.

En quinto teníamos la fiesta de fin de año, que se hacía en el salón al lado de la parroquia y reunía a todos los cursos. Cero alcohol. Después estaba la de despedida de quinto, esa era otra cosa. Pero en la “oficial” cada curso presentaba un sketch, con una canción de fondo. Bueno, en esa época nos divertíamos con poco. En quinto, la semana previa la celadora nos mandó a buscar tizas a la oficina del rector. Entraron varios. Si, era otra época. Chusmearon un poco todo. Y uno de los chicos se fijó en el diploma. ¡El segundo nombre! ¡Acá está el sketch!, dijo.

Se preparó el sketch en un secretismo total. Un cuadro de Locomía. Todos disfrazados. La fiesta estaba divertida. Hasta que empezó la canción y en el estribillo se escuchó: Ademundo está pelado, Ademundo mandamás. Ahí explotó el salón. Todos miraron al rector esperando su reacción. Calmels se reía.

Hoy, en las reuniones de egresados, nos seguimos acordando de Ademundo.

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