Por Norberto G. Asquini

Revolución del 56: asado entre enemigos, los que llegaron tarde y actores llorando

Revolución del 56: asado entre enemigos, los que llegaron tarde y actores llorando
9 Junio, 2021 a las 08:45 hs.

Norberto Asquini

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El 9 de junio de 1956 se produjo la llamada Revolución de Valle, el levantamiento contra la dictadura militar de la denomina “Revolución Libertadora” por parte de militares y civiles del peronismo para reclamar el fin de la proscripción política y el llamado a elecciones. Encabezada por el general Juan José Valle, estalló en Buenos Aires, Rosario y La Plata, pero solo tuvo éxito en un lugar: Santa Rosa. Finalmente, fue sofocada y sus cabecillas fueron fusilados en un hecho condenado hasta el día de hoy.

En La Pampa, al mando del capitán Adolfo Philippeaux y los civiles Agustín Nores Martínez y José Regazzoli soldados, policías y civiles tomaron los edificios públicos y Radio Nacional (Radio del Estado entonces) durante más de 10 horas, hasta que se rindieron cuando llegaron los aviones para bombardear la emisora e ingresaron las tropas desde Toay. Esa noche dejó varias anécdotas sobre lo ocurrido en la capital provincial.

El asado de amigos, que terminó de enemigos

En Catriló ocurrió un hecho que escucharía de Miguel Serralta en su momento, tamizado por lo risueño, y que después corroboraría en el expediente judicial sobre la revolución.

Allí el que se plegó a la rebelión fue el comisario Francisco Arenaz, peronista, según sus dichos “obedeciendo órdenes telefónicas de la Jefatura del comando central”. Ese sábado 9 de junio a la noche, Arenaz había estado en un asado hasta las 21 horas con los hermanos Salvador y Víctor Del Carril en el hotel Las Nieves, luego continuaron la velada en la confitería de Cazenave donde tomaron un café. Todo como amigos. Cuando estalló el levantamiento en esos momentos, Salvador Del Carril llamó al comisario a su casa para saber si estaba al tanto de lo que pasaba en Santa Rosa. Arenaz se dirigió entonces hasta la comisaría para esperar órdenes y, según afirmó después durante su declaración, llamó al personal a cargo. Según dijo, habló con Nores Martínez por teléfono, quien le ordenó que tenía que detener a los hermanos Del Carril y a Agustín Pastor, hermano político del entonces interventor federal en provincia. El comisario los arrestó cerca de las 2. En la comisaría, según la causa, compartieron mate, ginebra y café, y cuando la revolución estaba perdida, los dejó ir. Los amigos pasaron a enemigos en cuestión de horas.

El que escapó saltando y el que se salvó

En la capital también fueron detenidos los principales funcionarios de la intervención en sus domicilios y trasladados a los calabozos de la comisaría. Dos fueron recordadas entonces: el interventor Martín Garmendia y el comisionado municipal Sadit Peyregne.

A Garmendia lo fueron a buscar a su casa en la avenida San Martín, a dos cuadras de la plaza, pero no lo encontraron. Pudo escapar cuando escuchó que llegaban los vehículos saltando un tapial trasero a la vivienda y gracias a un vecino, Enrique Brazal, llamó al secretario privado del ministro de Marina, y contó lo que estaba pasando en la provincia. Llamó al Regimiento de Toay, pero no le contestaron. Llamó a la cárcel para que los penitenciarios intervinieran, pero el director le dijo que no podía hacer nada.

A Peyregne lo encontraron en la vereda de su casa en la entonces avenida Roca. Pasadas las 23, cuando iba a cerrar la puerta de calle, vio un camión parado frente a su domicilio del que bajaron varios hombres armados. Cuando quiso regresar a la casa, lo rodearon. Un suboficial del Ejército lo paró con una pistola 45 en el pecho y lo llevó contra la pared. Llegó entonces Philippeaux y les dijo: “Déjenlo, que es una buena persona. Si quiere quedar como intendente municipal con nosotros, puede hacerlo”.

Pico: los que nunca llegaron y los que se quedaron esperando

Cuando se había tomado Santa Rosa, Philippeaux le ordenó al agente de la División Investigaciones Antonio Marceo, que fuera con una camioneta hasta General Pico para tomar la comisaría local. Iba armado con una pistola Beretta y un revolver en la cintura. Pero cerca de Winifreda reventó una rueda y quedó varado en la localidad hasta la mañana del día 10.

Durante una entrevista con Héctor Zolecio, recordó que a él también le encargaron ir a Pico ante la posibilidad de que se sumara el Regimiento 3 de Artillería a Caballo. A las 1.30 Philippeaux lo envió junto a otro civil en un coche provincial por la ruta 35. Pero al llegar al paraje El Guanaco, se enteraron que en Rosario la revolución había caído, y regresaron.

En General Pico todo fue calma. Solo se había hablado de la rebelión con el ex senador y ferroviario Luciano Ferrari. Había sido contactado por Nores Martínez unos días antes, y se había comprometido a convocar en la propaladora. Ferrari tuvo un encuentro esa noche en el gremio ferroviario con un grupo de personas, y ante la falta de novedades fue hasta la casa del ex funcionario Guillermo Brown para escuchar lo que pasaba en la radio.

Los que llegaron tarde

Otro hecho que ocurrió tuvo participación de Anguil. Apenas tomada Radio Nacional, se comenzó a convocar a todos los que quisieran sumarse al levantamiento contra la dictadura. Esa noche un grupo de sindicalistas tomó la CGT. En Anguil, varios vecinos escucharon por radio sobre el levantamiento y el llamamiento a la revolución y marcharon a la capital en el camión Bedford amarillo de Salustiano Martín, empleado de la chacra experimental del INTA e interventor del Sindicato Unico de Obras Rurales y Estibadores. Fue el único grupo del interior que llegó hasta Santa Rosa para sumarse. Esa noche, Martín y otros 9 vecinos salieron por la ruta 5 hacia Santa Rosa, y al llegar fueron a la CGT.

Poco después, cuando caía la revolución, los que habían ocupado el edificio se retiraron y los de Anguil permanecieron hasta la mañana. Sobre el mediodía, se volvieron cuando ya no había nada que hacer. Los que habían llegado triunfando, se retiraron en la derrota. Dos días después, fueron detenidos en la localidad.

Los actores que terminaron llorando

Ese fin de semana había un grupo de teatro porteño en Santa Rosa. La noche del 9 de junio habían presentado una obra en el Teatro Español: “El general rajó al amanecer”, una revista de tinte político de la compañía de Félix Mutarelli, una sátira contra el ex presidente Perón.

Justo cuando finalizaba la función, estalló la revolución y la compañía quedó atrapada en el epicentro de los hechos. Un grupo de policías de la Federal fue hasta el Hotel Pampa, donde se alojaba el grupo teatral y detuvo a sus integrantes. Poco antes se habían escuchado en la ochava del lugar los primeros disparos al aire de la noche, por lo que los visitantes estaban literalmente aterrados.

Philippeaux, que no ahorraría detalles en el expediente judicial, orgulloso del levantamiento, recordaría al respecto: “Había un grupo de teatro que representaba una obra que se llamaba ‘El General rajó al amanecer’. Qué mala suerte tuvieron estos artistas, justo la noche de la revolución los pobres tipos estaban actuando en el teatro. Como a la hora de la sublevación, viene un paisano amigo y me dice: ‘Capitán, acá andan los gorilas esos dando la obra ‘El General rajó al amanecer’. Así que me imagino que los vamos a meter presos… Y yo le dije que sí, que los trajeran y los metieran en el calabozo. Los fueron a buscar y los metimos presos. Pero me olvidé de los tipos, yo estaba dirigiendo una sublevación y qué me iba acordar de esos pobres infelices. Cuando recibo la información de que la revolución había fracasado en todos lados, nos tuvimos que dispersar. Y nos olvidamos de que los actores estaban presos. Cuando las tropas leales llegaron, se pensaron que los del calabozo eran peronistas detenidos, así que la ligaron de nuevo. Pobres, iqué cara les salió la obrita de teatro!”.

El ex gobernador que se arrastró en la plaza de Castex

Una de las consignas de quienes realizaron la Revolución de Valle era la libertad de los presos políticos peronistas. Esa madrugada, apenas comenzado el levantamiento, Regazzoli y 2 soldados  fueron a la cárcel de Encausados, donde actualmente funciona la U30. Le preguntaron al director si había algún problema para sacar a los presos con causas políticas, y les dijo que no. A las 1.13 salieron el ex gobernador Salvador Ananía y cinco personas más hacia la Jefatura.

Cuando la situación comenzaba a ser desfavorable, Ananía llamó a su amigo, “Ringui” Díaz a General Pico para que lo fuera a buscar. Quería ver a su familia antes de ser tomado nuevamente prisionero. Díaz relató al autor que viajó hasta Santa Rosa y lo buscó en la Jefatura.

“Cuando regresábamos, se nos quedó el auto sin combustible justo en las afueras de Castex. Mientras yo iba por nafta, Ananía fue hasta el pueblo para buscar resguardo. Ya en ese momento todas las comisarías estaban alertadas. Salvador se dirigió a la casa de un médico que conocía en la parte céntrica, y al llegar a la plaza se tuvo que arrastrar entre los arbustos para no ser visto por los policías del lugar. Llegó a la casa del médico que le abrió, no muy convencido. Poco después era nuevamente detenido. No llegó a Pico”, recordó Díaz.

(Tomado del libro del autor “Días de odio. De la ‘Libertadora’ a la Revolución del 56 en La Pampa”, 2011)

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