Conocé la historia del “crotamundo” radicado en La Pampa que hizo 11.700 km desde Nicaragua hasta Santa Rosa en bicicleta

Conocé la historia del “crotamundo” radicado en La Pampa que hizo 11.700 km desde Nicaragua hasta Santa Rosa en bicicleta
30 Marzo, 2021 a las 13:15 hs.

  • Andrés Peters nació en Darregueira y se mudó a La Pampa con su familia a los 12 años.
  • Tenía un taller mecánico y dejó todo para viajar. Entre 2018 y 2019 viajó por Etiopía, Kenia, Uganda y Tanzania. Hizo más de 4 mil km, regresó a Ezeiza y volvió a casa pedaleando.
  • Antes había rodado más de un año por Latinoamérica.

Un trotamundos es una persona que viaja mucho. Croto, se le dice coloquialmente, en Argentina, a una persona que deambula por las calles sin hogar fijo. 

Por eso, Andrés Peters, el pampeano por adopción -nació en Darregueira- que recorrió parte de Latinoamérica y África sobre dos ruedas, con apenas algo más que lo puesto, encontró un modo ideal de definirse: Crotamundo.

Su última aventura -antes de la Pandemia-, y una de las más extremas, fue un viaje por Etiopía, Kenia, Uganda y Tanzania, en bicicleta, durante cuatro meses, con la carpa a cuestas y sin conocer el idioma local -Suajili- ni tener manejo de inglés. Aunque el viaje había comenzado de otra manera, debió adaptarse a algunos cambios que no fueron menores.

Había llegado por invitación de una amiga raidista francesa, Safia, con quien ya había compartido ruta, tiempo atrás  -cuando unió Nicaragua con Santa Rosa, en 2017- y quien, a su vez, estaba con otra amiga.

Se encontró con ellas en Etiopía en noviembre de 2018 y alcanzaron a cruzar juntos el país. Sin embargo, a los 20 días, los planes cambiaron: empezaron los desacuerdos, el estrés, las presiones y decidieron continuar separados.

“Fue un viaje muy violento para los tres porque era todo muy diferente a lo vivido anteriormente”, comentó.

Pasó de estar con dos personas que manejaban el inglés y el francés a quedarse solo y hablando solamente español. Para hacerse entender, aprendió a manejarse con señas, gestos, sonrisas y palabras sueltas en la lengua nativa, Suajili.

Pasó el Año Nuevo en el desierto de Kenia, giró a Uganda, rodeó el Lago Victoria y cruzó el Parque Serengeti, en Tanzania. Así llegó a la costa del Océano Índico, cruzando las islas Pemba y Zanzíbar hasta llegar a Dar es-Salam, la ciudad más grande de Tanzania. Luego, regresó en avión a Ezeiza desde donde pedaleó hasta Santa Rosa, previo paso por Darregueira.

“El hecho de no moverme por lugares turísticos fue muy duro. No están acostumbrados a ver un hombre blanco en bicicleta y sentí el rechazo en varias situaciones. Son muy curiosos, estaba todo el tiempo rodeado de gente”, dijo Andrés, quien antes de afrontar este estilo de vida viajero era dueño de un taller mecánico.

En África, debió sacar a la cancha su capacidad para resolver situaciones muy estresantes que iban apareciendo, como una oportunidad en que lo confundieron con un terrorista blanco y le apuntaron con un arma en la cabeza. 

Además, se sintió en riesgo en varias oportunidades porque notaba que ciertas personas oportunistas esperaban aprovecharse de que estaba solo, de su vulnerabilidad.

“Siempre tuve la reacción justa en el momento justo.  Uno es muy vulnerable pero también me di cuenta de la gran capacidad que tenemos para sobrevivir a ciertas situaciones de estrés que van apareciendo”, señaló.

En este continente se encontró frente a frente con una cultura y estilo de vida distintos a todo lo que había conocido. En Etiopía, se asombró por descubrir al ser humano en su peor condición.   

“Vi gente tirada en la calle esperando morir, como vegetales, y los locales no hacían nada, los pasaban por encima, los rodeaban, pero nadie los ayudaba. Me costaba dormir después de ver estas cosas en el camino”, confió.

 Los niños solían correr al lado de su bici varios metros al verlo pasar pidiendo plata o lo que fuera. “Era muy duro saber que lo que pudiera darles no les iba a cambiar la realidad”, dijo.

Al ver a las mujeres cargando durante muchos kilómetros, sobre sus cabezas, bidones de 20 litros, aprendió a valorar mas la importancia del agua ya que veía que los pobladores obtenían este escaso recurso de un pozo artificial que usaban para guardar los milímetros de las lluvias en épocas secas.

“Es agua turbia, de charco. Las vacas y los camellos, toman de ahí y entran a defecar. Fue fuertísimo ver eso y al volver a Argentina, y ver a la mayoría de las personas lavar el auto o apretar el botón de la cadena y que 10 litros de agua se vayan por la cloaca”, reflexionó.

Lo sorprendió encontrar mucha gente pero muy poca vida natural, pocos animales en estado salvaje. El viaje fue económico: gastaba entre uno y dos dólares por día. Pasaba de largo los almuerzos y por las tardes consumía cosas que iba comprando en el camino. 

“Trataba de buscar lugares con custodia para acampar porque tuve varios intentos de robo. Buscaba colegios o comisarías, lugares que me protegieran. Fue bastante complejo por momentos, por eso decidí no seguir hasta Ciudad del Cabo, porque ya no estaba disfrutando del camino”, comentó.

El viaje duró más de 4 meses a lo largo de los cuales recorrió unos 4.300 kilómetros. El raidista, en sus primeras experiencias había viajado como mochilero y en moto.

“Con la bicicleta empecé a ver el camino de otra manera. Me di cuenta que en moto, en auto o en avión me perdía el camino. Entendí lo importante que era llegar de un punto hacia otro en la bici porque ves lo lindo y lo feo, el amanecer y el atardecer pero también la basura y te vas aclimatando a cada lugar”, señaló.

“El día a día en la bici es increíble, tenés tiempo para observar. En la moto saludás y la persona ya pasó. En la bici levantás la mano y tal vez terminás haciendo una pregunta y conociendo una familia espectacular. Extraño todo eso al estar quieto”, expresó.

Hoy Andrés trabaja en Santa Rosa, donde lo sorprendió la Pandemia y tiene planes de viajar a Australia, donde vive un primo. Tiene la visa, algo de dinero y toda la adrenalina de seguir en el camino.

Cómo empezó todo

Nacido en Darregueira, pero radicado en Santa Rosa (La Pampa) desde los 12 años . A los 14 empezó a hacer algunas changas para aportar algo en casa y le quedaron algunas materias del secundario. 

Entre los 15 y los 16 le tomó el gusto a la mecánica hasta los 30 que tomó la decisión de cambiar de vida. Dejó atrás su taller mecánico, que estaba creciendo cada vez más, para probar suerte en Panamá como Buzo profesional.

Sin embargo, al no sentirse cómodo con el lugar, en vez de regresar a casa, siguió explorando y conociendo países, personas y trabajos. Hasta que entró a una tienda de bicicletas en Costa Rica y torció su destino.

“Me metí a preguntar por la bicicleta más cara. Que siempre quise tener. Y ahí, al entrar al local, dije ¿Y si me vuelvo a casa en bicicleta? Fue una idea muy vaga pero cuando vi la buena onda de quienes me atendieron sentí la necesidad de contarles que quería volver a casa, en Argentina. Que me parecía la mejor manera de volver, de conocer países en vez de verlos desde arriba, desde el avión”, explicó.   

 Y así lo hizo; pero primero subió hasta Nicaragua para encontrarse con un amigo, cita que se suspendió. Se sentía seguro de poder afrontar un viaje así en bicicleta aún con la inconsciencia y la falta de experiencia e información que podía tener cualquier novato. 

“Solo sabía que debía avanzar un poco todos los días y que quería llegar a casa, pero no sabía por donde iba a ir. Y tenía solo 100 dólares en el bolsillo. Fui dándome cuenta que necesitaba de la gente”, contó.

“Nunca pague un hotel ni un hostel, solo pedía agua y un lugar dónde poner mi carpa, para dormir. He dormido en hoteles porque la gente del lugar me pagaba una habitación porque no querían que durmiera en la carpa. Nunca me pasó nada grave”, narró.

Recorrió 11.700 km desde Nicaragua hasta Santa Rosa, La Pampa. 

En Timbaco (Ecuador) trabajó en la Casa del Ciclista y la familia que lo alojó le dio una mano gigante. Allí conoció a Simón, un esloveno que estaba haciendo Canadá-Ushuaia y Safia, de Francia que unía Alaska-Ushuaia. Con ellos recorrió parte de la cordillera de los Andes peruana y luego Andrés siguió solo por el desierto de Atacama hasta La Pampa.    

La estadía en casa fue corta. Su amigo Simón lo visitó y el viajero se unió a su viaje hacia Ushuaia. 

“Somos parecidos en el estilo de viajar, viajamos por el Camino de los Siete Lagos y bajamos por ruta 40 a Esquel, cruzamos a Chile y serpenteamos por la Carretera Austral. Cruzamos un par de lagos, una vivencia muy bonita, la gente los lugares, todo un disfrute bárbaro pese al frío”, dijo.

Antes de esta experiencia también había viajado en moto y con mochila. “Cada vez que me iba de viaje me costaba cada vez más volver, no quería saber nada. Fue el puntapié para darme cuenta de que me gustaba ese estilo de vida”, dijo.

Finalmente en un viaje solo hasta Machu Picchu (en Perú) se cruzó con una chica Suiza y se asombró al verla muy relajada y divertida en su bicicleta. “Bajaba de Alaska e iba a Ushuaia y yo la estaba pasando bastante mal con la moto. Me la crucé entre Nazca y Cuzco. Y me dije: algún día voy a hacer un viaje en bici”.  Y sí que lo cumplió.

Fuente: La Nueva

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