Amor por los caballos: A los 15 quedó cuadripléjico, vino a La Pampa a hacer equinoterapia y nunca abandonó la felicidad

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15 Septiembre, 2019 a las 23:03 hs.

El 11 de marzo de 1983 es una fecha que jamás olvidará Iván Place. Ese día se tiró de cabeza en un río en Santa Rosa de Calamuchita, en Córdoba, sin saber que ese simple hecho le cambiaría la vida para siempre. 



Solo tenía 15 años. “Choqué con un banco de arena. No sé si me di con la cabeza para atrás, pero cuando caí al agua me quedé inmóvil, me había inflado y el agua me arrastrada”, recuerda hoy.

Lo que siguió fue un periplo que pareció interminable. Primero lo llevaron al Hospital Español de la ciudad de Córdoba y luego lo trasladaron al Hospital Italiano en Buenos Aires. Allí fue operado: le sacaron un fragmento de una costilla que luego le injertaron entre la cuarta y quinta vértebra cervical donde se habían producido sus lesiones que habían afectado la médula.

No obstante, Ivan quedó cuadripléjico.

El duro camino de la rehabilitación

La recuperación de Iván fue dura: por la mañana recibía tratamientos en las manos, dedos, piernas y tobillos. Y a la tarde realizaba Terapia Ocupacional y sesiones con un psicólogo. “Me enseñaron a escribir por la computadora con un palito especial que me colocaba en la boca y que tenía una parte blanda en el mordillo para que no me lastimara las muelas”, cuenta.

ALPI, una Asociación Civil sin fines de lucro que desde hace 75 años se dedica a la rehabilitación de personas con discapacidad motriz que sufren algún tipo de deficiencia motora debido a una enfermedad o accidente fue el lugar donde Iván realizó la recuperación.

Pasión por el rugby

Como antes del accidente jugaba al rugby, un hombre que lo conocía le propuso entrenar a un equipo de juveniles del club Alfiles en la ciudad de San Juan donde vivía por aquel entonces. Los chicos, al principio, según cuenta el propio Iván, decían que si nunca habían ganado un campeonato menos lo iban a hacer con un técnico en silla de ruedas. Pero se equivocaban. Iván los llevó a la cima.

“En un comienzo eran apenas ocho jugadores, luego se fueron sumando y llegaron a ser 15 y a fin de año contaba con una planilla de 45 jóvenes. Eran chicos que me contaban todo lo que hacían y yo los trataba de aconsejar, me gustaba mucho lo que hacía. Al tercer año la suerte nos acompañó y salimos campeones. La verdad que fue un cambio grande porque pude ver que pese a mi discapacidad podía hacer las cosas. Con el tiempo nos fuimos haciendo amigos y en la actualidad muchos de ellos son jueces y varias veces me solucionaron algunos problemas”, cuenta.

Al mismo tiempo, Ivan comenzó a estudiar y se recibió de Técnico en Higiene y Seguridad Industrial. Y al poco tiempo, dejó su trabajo como DT de rugby y asumió como encargado en un lavadero de autos que tenía su hermano. Luego, administró una propiedad de una tía hasta que se mudó a la finca de su hermano. “Él me pidió que le consiguiera un caballo y yo me puse a buscar por Internet. Viajé varias veces a Buenos Aires y hoy en día ya tenemos 34 caballos de carrera”, cuenta, orgulloso.

El amor por los caballos

Durante su niñez y sus primeros años de la adolescencia Iván solía montar caballos, una actividad que le generaba mucho placer pero que obviamente tuvo que abandonar tras el accidente. Sin embargo, 25 años después de aquel episodio traumático tuvo la oportunidad de volver a subirse arriba de un caballo, algo que parecía impensado e imposible.

“Fuimos a La Pampa con uno de los caballos y un muchacho me preguntó si me quería subir porque estaban adaptados para hacer equinoterapia. Me subieron y mientras me iban sosteniendo yo miraba el piso desde arriba y si bien tuve miedo, lo disfruté, sentí un gran alivio. Fue una alegría haber estado arriba de un caballo. Sentí que podía y eso era muy importante para mí autoestima”, se emociona.

Amigos para toda la vida
Iván mantiene a sus amigos de siempre y se siente un privilegiado al poder contar con ellos en todos los momentos de su vida. Y afirma que son el respaldo y el apoyo más importante que tuvo y que tiene en la actualidad.

Entre otras cosas, viaja con ellos a la cordillera y se mete al agua en canales, ríos, lagos y el mar. “Donde hay agua mis amigos me tiran. Ellos me llevan alzado y luego me sumergen, yo solo muevo la cabeza y los hombros. Es una satisfacción poder estar a la par de los otros, sentirme libre y poder bromear con ellos porque estoy con flotadores jugando y divirtiéndome como cuando éramos niños”.

“Iván siempre fue un excelente amigo. Antes de su accidente era un ser con una picardía innata que luego la siguió explotando con sus limitaciones. Es un motivador por excelencia. Él nos une y nos incita a juntarnos, a viajar, a pasarla bien. Traspasó los límites de su discapacidad. Tiene una fuerza indescriptible para hacer cosas o planear su próxima meta. Nunca lo sentí hablar mal de lo que lo llevó a estar así, ni de su condición”, se emociona Hugo Belelli, uno de sus fieles amigos.

“Lo conozco desde que tengo uso de razón y siempre fuimos muy unidos. Iván es un ser extraordinario, una persona muy noble, de muy buen corazón. Lo definiría como una persona con un gran coraje que supo aceptar el destino que la vida tenía para él”, dice por su parte Pablo Camus, primo y amigo.

Esos mismos amigos de la vida le propusieron en 1994 realizar un viaje todos juntos por Europa. De tanto que le insistieron, a Iván no le quedó otra opción que aceptar la invitación. Y de esa manera paseó por las calles de Madrid, Toledo, Segovia, París, Londres, Ámsterdam y Brujas, entre otras ciudades. “Ellos estaban siempre dispuestos, cuando llegábamos al micro para hacer un tour mi primo ya me estaba esperando en la puerta del colectivo, otro de los chicos me agarraba de los brazos, otro de los talones y me llevaban hasta el asiento mientras otro guardaba el bolso y mi silla de ruedas. Pese a mi discapacidad no me perdí de disfrutar nada, donde ellos iban, yo iba. En la Torre Eiffel parecíamos un equipo de rugby porque me alzaron con la silla de ruedas y yo miraba a todos desde arriba. Ellos se adaptaban a mí”, rememora.

“Ese viaje significó mucho para mí por esa fuerza que tiene para pelearla que es extremadamente difícil de dimensionar. Lo veía feliz, siempre con pilas para hacer cosas. Hacíamos todo juntos: comer, dormir, pasarla bien, reírnos y también hacerlo rabiar”, añade Belelli.

“Fuimos a Europa con una gira de rugby y a las Cataratas del Iguazú donde hicimos todo el sendero. Cruzamos la selva llevándolo alzado para llegar al gomón y navegamos bajo los saltos. Hemos hecho tantas cosas lindas y para mí es una felicidad inmensa compartir momentos con él. Lo que más admiro de Iván es su tenacidad, su fortaleza y sus ganas de vivir siempre mirando hacia adelante”, expresa Camus.

No rendirse nunca

A la hora de generar proyectos, Iván nunca se da por vencido y siempre tiene un as en la manga que le permite no perder nunca su creatividad y su perseverancia. “Soy muy testaduro. Ahora, por ejemplo, me puse a fabricar cervezas artesanales, un proyecto que lo vengo masticando desde hace un tiempo. Compré un fermentador, los granos, los puse a hervir y ahora falta la etapa de la maceración”, dice. “Si algo se rompe en la finca yo tengo que improvisar, siempre le busco la vuelta y cuando no me sale lo vuelvo a intentar, me gusta jugármela y arriesgar”, agrega.

Iván vive solo. Todos los días hace sus ejercicios de rehabilitación, se baña y, generalmente, sale a hacer las compras. Pone a lavar la ropa y más tarde se va a trabajar a la finca. Y cuando no tiene nada que hacer va a visitar a su papá al negocio.

El año pasado participó de el Premio BIENAL organizado por ALPI que reconoce a personas con discapacidad neuromotriz que son ejemplos de esfuerzo, superación personal y que participan activamente en las comunidades donde viven. Y resultó uno de los 10 ganadores. “Este reconocimiento es una cuenta pendiente en los personal porque en un momento de mi vida me quedé estancado pero ahora estoy volviendo a las pistas”, concluye.

Fuente: Clarín.